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Arde Bogotá y el manual para fabricar un corazón que no sienta: “Estamos bien, pero el álbum ha quedado triste”

Entrevista con Antonio García - Arde Bogotá, Músico

Texto 12 min de lectura November 6, 2026

Al principio del proceso de su nuevo disco, cuando apenas empezaban a escribir canciones, los cuatro integrantes de Arde Bogotá se sentaron a hablar sobre lo que tenían entre manos. De esa conversación salió una idea: hacer un disco que funcionara como un manual de instrucciones para fabricar un corazón que no sienta. Cada canción sería un paso.

Faltaba saber quién firmaba ese producto. La banda decidió que lo firmara una empresa imaginaria, a cargo de “unos ingenieros locos en algún lugar”, según cuenta Antonio García. La llamaron Manufacturas del Club de la Gente Sola, y con ese nombre firmaban las letras en las reuniones con la discográfica. El disco avanzaba sin título, hasta que entendieron que lo tenían desde el comienzo.

Manufacturas del Club de la Gente Sola (MCGS) se publicó el 2 de octubre y es el tercer álbum de estudio del grupo de Cartagena (Murcia, España) formado por Antonio García, Dani Sánchez, José Ángel Mercader y Pepe Esteban, después de La Noche (2021) y Cowboys de la A3 (2023). Lo grabaron en los EastWest Studios de Los Ángeles con el productor estadounidense Joe Chiccarelli. De 25 canciones que compusieron, quedaron 11, de “Instrucciones” a “Sacude”.

El resultado tiene su paradoja: un disco sobre dejar de sentir, hecho de canciones muy sentidas. “La gente me pregunta: ‘¿Estáis bien?’. Sí, está todo el mundo bien, pero el álbum me ha quedado triste”, dice García. Ahora la banda lleva estas canciones a Estados Unidos, con shows en Brooklyn (8 de noviembre), Los Ángeles (15 de noviembre) y Miami (22 de noviembre).

En una entrevista exclusiva hablamos con Antonio García sobre el origen del nombre del disco, cómo eligieron 11 canciones entre 25, lo que significó trabajar con Joe Chiccarelli y lo que les pasa a estas canciones cuando suben al escenario.

Arde Bogotá. Gentileza Eighteen10

La entrevista

Cuéntame cómo surge el nombre del álbum: Manufacturas, gente sola… ¿Cómo se da esa combinación y qué querían construir?

Bastante al principio de empezar a hacer canciones, nos sentábamos a hablar sobre lo que teníamos, sobre lo que estábamos escribiendo, y vinimos con la idea de hacer un disco que fuera un manual de instrucciones para hacer un corazón que no sienta. Teníamos esa idea muy clara: cada canción es un paso de un manual, como si fueran las instrucciones de un taladro, y te voy contando ingrediente por ingrediente qué tienes que ir haciendo para dejar de sentir. Y entonces sale mal y la primavera te revuelca como si fuera una ola en la playa, y todo lo que hay dentro del álbum.

Y entonces pensamos: “Vale, ¿y esto quién lo firma? ¿Esto es un producto de Arde Bogotá?”. Y pensamos que no, que tenía que ser un ente distinto. Nosotros somos portavoces de algo, pero quienes diseñan eso tienen que ser unos ingenieros locos en algún lugar. Entonces le pusimos nombre a esa empresa y la llamamos Manufacturas del Club de la Gente Sola, porque era la idea de un grupo de personas solitarias obsesionadas con dejar de sentir. Era solo parte del universo que habíamos creado. Cuando hacíamos las reuniones con la discográfica, con las maquetas, firmábamos las letras como Manufacturas del Club de la Gente Sola. Y el proyecto avanzó, avanzó, avanzó, y no tenía buen nombre. Finalmente hubo un momento de devanarnos los sesos y dijimos: “Esto lleva desde el principio con el proyecto, ¿no?”. Y le dimos ese nombre.

“¿Quién necesita otra canción? Es la gran pregunta. Pues creo que uno mismo. Lo que merece la pena publicar es aquello que tú consideras que te mueve, porque te parece diferente y te parece interesante”.

Un nombre que ahora termina sintetizado en una sigla, MCGS.

Sí, porque es bastante largo. Una de las cosas que nos gustaba del nombre era que nadie va a dar por casualidad con él para un disco dentro de 20 años. Ningún artista en, no sé, un lugar remoto de Bolivia va a decir “¿sabes cómo podemos llamarlo?”, porque es demasiado largo y demasiado raro y nadie lo querría. Y por eso precisamente lo queremos.

¿La originalidad es algo que le preocupa a Arde Bogotá?

Sí, desde luego. Creo que es uno de los motores que tiene que tener cualquier proyecto creativo: ¿qué tienes tú que decir?, ¿qué consideras que no se haya dicho o que no se haya hecho así? ¿Cuánta gente hay haciendo canciones y publicándolas todos los viernes en plataformas digitales? Cientos de miles. ¿Quién necesita otra canción? Es la gran pregunta. Pues creo que uno mismo. Lo que merece la pena publicar es aquello que tú consideras que te mueve, porque te parece diferente y te parece interesante.

“Es el conflicto lo interesante. Lo que pasa es que el conflicto es peligroso: podría romper una banda, un grupo creativo. Pero es en el conflicto donde aparece la idea valiosa, diferente y única. Hay que saber moverse entre lo conflictivo y lo consensuado sin caer en el aburrimiento”.

¿Y cuál te parece que es la originalidad de Arde Bogotá en un mundo musical tan competitivo como el que acabas de describir?

Hay varios puntos que yo entiendo como valiosos de nuestro proyecto y que luego no tienen nada que ver con lo que la gente entiende. Yo conozco Arde Bogotá desde dentro: lo que me parece interesante de lo que aportan las líneas del bajo de Pepe, de las figuras rítmicas de José Ángel, lo que me parece increíble de los arreglos de Daniel, lo que me parece curioso de lo que yo pueda aportar. Pero luego la gente, cuando te habla del proyecto, conecta con otras cosas. Conecta con los mensajes, con nuestra forma de contarlo, con la parte del mundo que decidimos retratar. Y eso para nosotros es lo natural. Venimos a la música a esto, a hablar de nuestras intimidades de una forma intensa y honesta, y no nos parece que sea lo original porque es lo absolutamente automático.

Hablabas de lo que aporta cada uno. ¿Cómo se hace para sostener un grupo creativo, sólido, durante tanto tiempo?

Creo que lo principal ha sido conocernos mucho como creadores, terminar de entender dónde se mueve cómodo cada uno y dónde está incómodo. Eso nos ha ayudado a llegar rápido a conclusiones. Al principio tardábamos más en llegar a un lugar en el que estuviéramos bien los cuatro, y con el tiempo ha sido más automático. Y ahora, en este disco, creo que el gran reto es volver a encontrarnos como extraños. Porque muchas veces, en el proceso creativo, como ya conocemos a dónde va a ir el otro, vamos directos. Y así evitamos una colisión, evitamos un conflicto. Y es el conflicto lo interesante. Lo que pasa es que el conflicto es peligroso: podría romper una banda, un grupo creativo. Pero es en el conflicto donde aparece la idea valiosa, diferente y única. Hay que saber moverse entre lo conflictivo y lo consensuado sin caer en el aburrimiento. Esa ha sido la gran clave: conocernos mucho para saber dónde vamos a chocar y dónde no. Y cuando sabes que vas a chocar, ir con los guantes, ir preparado, chocar y que salga lo que salga.

Arde Bogotá. Gentileza Eighteen10

Si tuvieras que elegir una canción para abrirle la puerta del álbum a alguien que no conoce a Arde Bogotá, ¿cuál sería y por qué?

Si no conocen el grupo de nada, mi puerta de entrada sería “Antifiesta”. “Instrucciones” es el primer tema del álbum y creo que está muy bien ubicado, porque explica lo que te vas a encontrar, el concepto del álbum, incluso su sonido. Pero “Antifiesta” habla mejor de qué banda somos, sobre todo si luego te quieres asomar a los dos trabajos anteriores, a otras canciones como “La Torre Picasso”. Si alguien de verdad no sabe nada de nosotros, “Antifiesta” resume muy bien todos los mundos sonoros y temáticos que tenemos.

¿Cómo deciden en el grupo, de un conjunto de canciones, cuáles van a quedar en un álbum?

Ha sido distinto álbum a álbum. En el primer disco, La Noche, teníamos clara la historia y fuimos llenando los huecos. Dijimos: “Aquí falta una canción así”, y la buscábamos hasta tenerla. En Cowboys de la A3 fue bastante natural: íbamos haciendo los temas, iban entrando en el álbum y solo dejamos fuera aquello que queríamos trabajar después, como “La Torre Picasso”. Y en este disco lo que pasó es que hicimos de más. Hicimos 25 temas. Trabajando con Joe, cogimos una pizarra y cada uno le dio una puntuación, A, B o C, a las canciones en función de si consideraba que debían grabarse con urgencia. De las 25 nos quedamos con 15. De esas 15 grabamos 14. Y con las 14 dijimos: ¿cuáles cuentan de verdad la historia de este álbum? Y así salieron las 11. Las otras tres o redundaban en algo que ya se había contado o pueden vivir solas, contar otra historia diferente. Pero el proceso de hacer un corazón y fallar está contado en estas 11.

“Una idea descartada en un proceso creativo no es una idea perdida”.

Ahora llegan a Estados Unidos para tocar el álbum en vivo. Me da la sensación de que es un disco muy conceptual y que ustedes son una banda conceptual. ¿Qué pasa en el escenario que se diferencia del estudio?

Las canciones crecen. Esa es mi sensación: como que quieren ser más grandes de lo que son. Porque al final están escritas y grabadas para que una persona las escuche en la intimidad de su cuarto, o en su coche, o de camino al trabajo. Pero cuando las compartes en un lugar tan brutal como el escenario de una sala de conciertos, con decenas de personas delante, con tanto volumen, la canción sola pide ir más rápido, durar más, llegar más lejos. Yo siento como si fuera una máquina calentándose. Y encabritándose, diría. Eso es lo que hay en estos conciertos, sobre todo porque acabamos de empezar a compartir el álbum.

¿Hubo algo que tuvieron que dejar atrás para que este trabajo saliera a la luz?

Además de las canciones que quedaron fuera… El otro día hablábamos, en tono de broma, de que habíamos dejado fuera las buenas. Estábamos repasando las que se quedaron y decíamos: “Si es que hemos dejado todas las buenas y aquí hemos puesto solo las tristes, tío”.

¿Y qué va a pasar con esas canciones?

No lo sé, no lo sé. Nos reíamos porque creo de verdad que una idea descartada en un proceso creativo no es una idea perdida. Sirvió de abono para la idea buena. No hay que estar triste por decir “ay, mira esto que nunca hicimos”. No pasa nada. Lo que hiciste seguramente no habría llegado si no hubieras decidido descartar lo otro. Yo vivo en paz con eso.

Pero de las cosas más dolorosas que dejamos atrás [además de esas canciones], fue aprender a confiar en el criterio creativo de otro, en el de Joe o en el de tu compañero. Porque hay muchas canciones que forman parte de una aventura, de decir “mira, por aquí nunca hemos ido”. “El Club de la Gente Sola” es una canción que nosotros no hubiéramos hecho si no hubiéramos conocido a Joe, y nos hubiera dicho: “Vosotros también podéis hacer eso, también podéis ser esa banda, también podéis contarlo así”. Y confiamos en él, recorrimos el camino, lo entendimos y dijimos: “Está guapísimo, nos gusta”. Pero claro, ahí hubo un vértigo muy grande de confiar en el criterio de otra persona. Y también cuando veías a tus compañeros y dices: “Oye, los tres lo están entendiendo y yo no. Confío en ellos, les sigo, haré lo que me pidan porque ahora mismo no lo estoy entendiendo”. Y luego llega y dices: “Guau, ahora sí”.

“En el escenario la canción crece: pide ir más rápido, durar más, llegar más lejos”.

El concepto del disco era intentar dejar de sentir. ¿Qué te parece que le pasa a la gente al escucharlo? ¿Eso se consigue?

No lo creo, porque es algo muy emocional. Creo que la paradoja es esa: está buscando dejar de sentir, pero todo el rato son canciones muy sentidas, y se ha quedado un álbum en el que la gente me pregunta: “Pero ¿estáis bien? ¿Está todo el mundo bien?”. Sí, está todo el mundo bien, pero el álbum me ha quedado triste.

Tengo la esperanza de que la gente esté haciendo ahora el camino que nosotros hicimos hace unos meses. Hay un escalón, un salto, una distancia entre los trabajos anteriores y este, que nosotros recorrimos durante meses para habituarnos a un discurso nuevo, a otras sonoridades, a otra forma de llegar a la emoción, hasta que nos volvimos absolutamente locos con lo que estábamos haciendo. Y creo que el público está poco a poco haciendo ese camino y aprendiendo. Hoy, en una cafetería, una chica que se llamaba Sandra, la camarera, me ha dicho que le ha gustado mucho el álbum, que no puede parar de escucharlo y que va a ir a tal concierto. Me explicaba que al principio le costó, que fue una reacción de “no entiendo por dónde va esto”. Y luego hay un momento en el que encuentras algo y dices “ah, esto es de mi interés”, y de repente quedas atrapado. Esa experiencia me parece chulísima: es lo que nos pasó a nosotros con nuestras canciones y lo que nos pasa con los álbumes de los que somos fans.

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