Música

“Mi voz ha sido mi escudo y mi arma”

Entrevista con Mon Laferte, Música

Texto 14 min de lectura July 28, 2026 ES

Mon Laferte. Crédito: Neil Krug. Gentileza.

Mon Laferte dice que se siente como alquimista: que de cualquier cosa —una mancha en la alfombra, una frase suelta guardada en el teléfono durante diez años— puede salir una canción. Así nació Femme Fatale: de casi cincuenta canciones que fue acumulando entre sus treinta y sus cuarenta años, hoy repartidas en dos partes de un mismo universo, entre el jazz, el cabaret y la balada oscura.

Esa mitología propia —la artista segura que también es frágil, la que envejece dentro de sus propias canciones como quien mira un tatuaje viejo— es la que la cantautora chileno-mexicana, de 42 años y cinco Latin Grammy, lleva ahora al escenario. El 24 de julio arrancó el tramo norteamericano de su Femme Fatale Tour, con fechas agotadas como la de Radio City Music Hall en Nueva York el 22 de agosto, después de haber recorrido México y Latinoamérica con el mismo show.

Hablamos con ella en medio de esa gira sobre las canciones que la definen, de la voz como escudo, de la maternidad y de la mujer que es hoy.

El nuevo álbum, ‘Femme Fatale Vol. 2’, recorre varios géneros, pero lo que siempre prevalece es la voz, la canción. ¿Qué es para vos esa especie de unidad mínima que es la canción?

Últimamente lo estoy gozando más: hacer canciones. Estoy disfrutando demasiado hacer canciones. ¿Qué es? Para mí es todo. Pienso que todo se basa en las canciones: cuando me subo al escenario, el primer acorde y ya. Tú puedes adornar tu carrera, vestirla con sonido, con pluma, con escenario, pero al final lo que importa es la canción. Es de las cosas que más disfruto. Te diría que prefiero escribir una canción que cantarla.

Pero la voz también, ¿hacés mucho con la voz?

Hago mucho con la voz: es mi instrumento. Ha sido literal lo que me ha dado de correr. Siempre digo que podría no tener ningún peso y pararme en cualquier esquina de cualquier parte del mundo: no necesito una guitarra, canto y esa noche tengo para el hotel. Siempre lo pensé cuando era jovencita, porque también fue lo que llegué a hacer en algún momento. Mi voz ha sido mi escudo y mi arma en la vida. Me ha ayudado mucho, y lo digo sin ningún tipo de vergüenza ni modestia: se me abren las puertas. No hice ningún esfuerzo, de niña cantaba y era como, ¡ay, te amo!

¡Qué presumida soy! Pero es la verdad. Con los años he tratado de pulir mi voz y de cuidarla, pero sí, es lo que me ha ayudado, me ha rescatado, me ha abierto puertas.


“Mi voz ha sido un poco como mi escudo y mi arma en la vida. Me ha ayudado mucho, me ha rescatado, me ha abierto puertas”.

Escuchar tu disco me hizo pensar mucho en vos, lo veo casi como un manifiesto, algunas veces más explícito, algunas veces menos, más metafórico. ¿Creés que se te puede descifrar?

Sí, mucho. Creo que si a alguien le interesara en el mundo estudiar a esta persona, soy un libro abierto en mis canciones: es muy fácil leerme en ellas. Incluso me pasa a mí que escucho canciones antiguas y digo, wow, lo estaba diciendo todo ahí. Ni siquiera yo me estaba dando cuenta de lo que sentía, pero lo puse en una canción inconscientemente. Es muy fácil leerme cuando hacemos canciones.

Mon Laferte. Crédito: Neil Krug. Gentileza.

¿Y qué, Mon, creés que se define en estas veinte canciones que vienen ahora?

Hay un poco de trampa acá, porque hice el trabajo de recopilar canciones que tenía en el teléfono, en la computadora, desde 2015, 2016 en adelante: no tanto canciones, sino a veces un pedacito de melodía, muchos escritos, más que canciones como tal. Armé el rompecabezas, le di estructura a todo esto, y se hicieron alrededor de cincuenta canciones. Podés leerme en muchos momentos distintos: son desde los treinta y tantos a los cuarenta y tantos, casi diez años importantes. Hay canciones que se sienten más frescas, más jóvenes, y otras de las últimas, más pesadas. Es de las últimas que hice, y creo que es una de mis favoritas del álbum: la que se llama For Your Consideration. Me reí mucho cuando la hice, tenía notas, frases como que todo es culpa del capitalismo, de por qué tengo que estar siempre trabajando. Lo último que escribí fue en los últimos Latin Grammy en los que participé: me vino esa frase a la cabeza y dije, esto engloba todo. Fue de las últimas que escribí para el álbum. Hay muchas versiones de mí, porque son notas que escribí hace muchos años.

Justamente esa canción, la primera del disco, casi no necesita instrumentos: es a capela. La llamaste la carta de presentación del álbum, porque la pusiste como número uno.

Es un manifiesto, es como una declaración de principio.

¿Cómo la escribiste y por qué en tono blues? ¿Improvisaste?

Sí, improvisé bastante. Tenía frases sueltas, no una melodía realmente —por eso digo que es la última que escribí—. Las fui juntando: esto tiene que ver con esto y esto con esto, y se cerró el círculo. La empecé a improvisar, a leer lo que tenía en el teléfono, con el solo de voz, y ahí se fue armando. No tenía el plan de que fuera un blues, sino que salió. También hago mucho eso: agarrar el teléfono y cantar cualquier melodía. Me gustó que fuera un blues porque sentí que lo hacía más irónico, divertido. Pensé que ponerle una gran instrumentación le iba a quitar onda, y que el contrabajo solo se iba a sentir más como: esto es lo que tengo que decir, no es una canción, quiero que me escuchen.

Mon Laferte. Crédito: Neil Krug. Gentileza.

¿Te pasa que una canción puede envejecer para vos, que veís lo que te pasaba, o que sientas que ya no te representa algo del pasado?

Sí, por supuesto, todo el tiempo. Pero ya aprendí que no pasa nada: esta es una versión de mí que ya no existe, pero es una foto de ese momento. Es como los tatuajes: te haces uno y después no hay vuelta atrás. Lo ves y dices, ¿por qué me hice esta mierda? Y las canciones también. Tengo canciones de los veinte años que no me representan, algunas me parecen muy malas también. Pero es una foto de ti. Es como cuando la gente ve fotos de sí misma antiguas y se dice, ¿por qué me veía así?, ¿cómo me vestía así? A mí ya no me da vergüenza eso. Lo acepto, lo abrazo y sigo adelante. Eso existió, ya no soy esa, pero está muy bien.


“Tengo canciones de los veinte años que no me representan, algunas me parecen muy malas también. Pero es una foto de ti: lo acepto, lo abrazo y sigo adelante”.

En la canción número tres, la de diez minutos, en medio de una extensa parte instrumental aparece tu voz hablando. ¿Pensas que una canción puede encapsular el tiempo, o un sentimiento, o el amor?

Sí, puede. Eso hace la música, de alguna manera: es muy loco que escuches una canción diez años después, en otro sitio del mundo, y te haga sentir lo mismo. Eso es muy especial. Esa canción se la escribí a mi pareja, que estuvo muy deprimido. Su padre se suicidó cuando él era niño, y yo tuve mucho miedo de que le pasara lo mismo. Por eso la escribí. Es una declaración de amor también: la parte final, en donde hablo, son los votos, en mi caso. Quise que durara diez minutos porque para mí era todo el viaje emocional por el que hemos pasado juntos.

El título habla de una mujer fatal, pero el disco parece mostrar a alguien vulnerable, enamorada. ¿Hay una dicotomía entre el nombre y la obra?

Femme Fatale es mala, peligrosa, malvada, pero para mí la idea empezó también por una cosa estética: el prejuicio del nombre, una mujer segura que sale al mundo, glamorosa. Pero dentro de esa seguridad también existen los seres humanos, y ahí es cuando se dan. La parte dos es una parte dos porque, en esta selección de las cincuenta y tantas canciones, las de la parte uno me parecían más Femme Fatale que las de la parte dos. De hecho no pensaba en una parte dos. Por eso estas son las que están en el uno, sonoramente también: tienen más que ver con el jazz, con la oscuridad. Las otras no quedaron ahí justo. Pero pensé que tenía tantas canciones guardadas que se me hacía una grosería no usarlas. Las podría haber puesto en otro disco y ponerle otro nombre, pero hubiera sido una trampa: son canciones que elegí para Femme Fatale. ¿Qué iba a hacer con ellas?

¿Usarlas en un disco nuevo?

No, estaría mintiéndole a la gente.

A mí me encantó Gigante. Bueno, me gustó todo lo que escuché, pero Gigante me gustó mucho, y es como un gigante en el que te reencarnás o en el que te apoyás. ¿En quién creés que sos capaz de convertirte?

Yo soy como Barbie, lo que quiera. Esa canción es muy antigua: la hice cuando tenía 26 años, cuando me operaron de la tiroides. Me dijeron que probablemente iba a quedar sin voz, o iba a tener que tomar terapia para volver a cantar. Una cirugía que se suponía sencilla se extendió, se abrió, no sé qué: quedé sin poder moverme, hicieron muy grande la operación. Quedé súper deprimida, tenía miedo de no volver a cantar. Y esa canción me ayudó: yo decía, lo estoy pasando mal, me siento deprimida, pero después de esto, si salgo, voy a salir convertida en un gigante, con más fortaleza. Creo que todos nos podemos convertir en lo que queramos. Hablando desde un lugar romántico, no es como que mañana voy a ser abogada. Pero tú me entiendes.

Pensaba, retomando algo que decías, que la música te ha salvado de tantas cosas que tuviste que atravesar. ¿Recordás algún momento en que otra canción, de otro artista, te haya salvado?

Sí, música de otros, muchísimo. Siempre hablo de esta canción, pero nunca entré en detalle: tenía un cassette de Mercedes Sosa cuando estaba chiquita, era un envío, y estaban Los Mareados, que ella canta a voz y bandoneón solos. Tenía siete años tal vez, mis padres se estaban separando, discutían mucho. Me encantaba poner esa canción y hacer un show de que yo era Mercedes Sosa cantando en el teatro: me ponía un sombrero, y todo el tiempo estaba haciendo ese show. Pienso que era mi manera de desconectarme, tan chiquita, de los problemas de mis papás. La vida para mí era linda porque cantaba un tango de Mercedes Sosa, bien dramática. Creo que es uno de los momentos que más recuerdo de niña: así como los niños juegan con sus Barbies mientras los papás pelean, yo cantaba.

En tu obra en general hay muchas imágenes: flores, noche, dolor, belleza. ¿Pensás en imágenes al componer, o aparecen después?

Sí pienso en imágenes. Me gusta mucho escribir pensando en imágenes, las busco. Hay una canción, no está publicada, que dice ‘flores negras bordaban tu maxilar’, por ejemplo. Es lindo imaginar flores negras, porque te lleva a un lugar. Busco poner imágenes en las canciones: te hacen visualizar y te vas. Es como cuando leés un libro y te cuentan un cuento.

Dicen que entre todas, vos y yo, elegís la flor del alelí. ¿Por qué esa flor: una imagen que es a la vez perenne, bella y que lastima?

Ah, sí, la flor del alelí. Es una manera de decir: de todas las versiones que hay, me quedo con esa que es bella pero frágil. La fuerte, la segura, la canchera, esa es la que todos quieren. Pero la otra, la que está con sus problemas ahí en casa… Creo que todas somos iguales: nos vestimos de alguna manera, porque todas tenemos muchas versiones de nosotras, hablás distinto con una persona y con otra. Pero en soledad, con nuestros pensamientos, somos esa flor. Es como: te escojo a ti, la que no escoge no es buena.

Hablabas de los votos, de esa canción. ¿Cómo cuidás el amor?

¡Ay, qué difícil pregunta! Pienso que por respeto: dejar que el otro exista, en general, no solo en la pareja. Me doy cuenta ahora más que nunca, como mamá: con tu hijo, que es lo que más amás, ¿qué hacés? Querés que sea feliz, que esté bien, que haga lo que quiera. Es lo mismo con una pareja o con quien sea: dejar que exista, que sea feliz. Y te das cuenta de que mientras más hacés eso, recibís más amor. Nunca he sido una persona muy posesiva. Siempre he querido que me quieran, por este apego ansioso, pero no desde la posesión. Creo que mi hijo también me ha enseñado eso: cómo cuidar el amor y cómo amar.

Decías que siempre quisiste que te quieran. Mi pregunta es si todavía te interesa gustar o agradar, o te interesa más bien decir.

Me interesa decir más que nada. Todos queremos gustar siempre, nadie quiere que no lo quieran, no es que andemos diciendo ‘no me importa’. Pero sí me importa menos. Lo que quiero es decir cosas que puedan aportar algo. En el camino me equivoco mucho, hubo mucha pendejada también. Pero eso de que me quieran ya hace bastante tiempo que pasó a un segundo o tercer plano. No es que no quiera que me quieran, insisto, todos queremos que nos quieran. Pero mi rollo, mi música y todo lo mío tiene más que ver con la aceptación.

Lo último, para que no me maten: quiero que me cuentes, en esta fotografía actual, quién es la Mon de hoy.

Ay, qué difícil tu pregunta. Me encanta estar contigo siempre, de verdad, te lo agradezco mucho. ¿Quién soy yo ahora? Me siento muy segura en este momento como artista. Muy creativa. Siento que estoy en un momento en que cualquier cosita —la mancha de la alfombra— es una idea. Me siento como alquimista, de todo quiero hacer algo. Me siento tranquila, en general. Estoy muy sobria: no tomo ni siquiera una copa de vino, nada. En un momento dije: no voy a beber nada. Dejé el cigarrillo.

¿Cuándo lo dejaste, el cigarro?

En noviembre.

¿Y cómo lo llevás?

Muy bien, estoy muy bien. Toda la vida he tenido mucha fuerza de voluntad; todos me dicen ‘¿cómo hiciste para dejar el cigarro de un día para el otro?’, literalmente. Pienso que es la única manera, aunque fácil no es: si lo dejás de a poco es como una mentira. Yo dejé el cigarrillo y dije, se acabó. Y se acabó. Quería matar a todo el mundo, pero me aguanté. Me siento muy tranquila, muy creativa, muy limpia mentalmente. Como en paz, con sus días, que también dan ganas de matar a alguien. Pero si pudiera englobar todo, creo que estoy bastante bien.

De todos esos tatuajes, ¡el del ‘te amo’! El que tiene un corazón al lado. ¿Es tu favorito?

Este es mi favorito porque me lo hice antes de que naciera mi hijo: me sometía a tratamiento in vitro para poder quedar embarazada. Dije, me lo voy a hacer antes de embarazarme, porque es para él, para cuando le dé pecho, decirle ‘te amo’. Y decía: voy a tenerlo, voy a tenerlo, voy a tenerlo. Y sí, lo tuve.

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