Joan Page, el arquitecto mexicano que canta en español en Tokio, presenta su primer álbum, ‘Optimismo confundido’
Jean Page. Crédito: @agussfrescas.estudio I Gentileza.
Joan Page es el personaje que creó Juan Pablo Guerrero, músico mexicano y arquitecto recibido en plena pandemia. Se viste de traje todos los días, diseña su propia merch y arma los stage plots de sus shows en AutoCAD. El 15 de octubre lanzó Optimismo confundido, su primer álbum: 10 canciones sobre amar, perderse, levantarse y seguir avanzando.
El disco se fue develando a lo largo del año, desde “Todo de mí”, lanzada el 1 de enero de 2026, hasta “No puedo esperar”. Lo produjo a distancia junto a su hermano Gusstav, que vive en Suecia. El focus track, “Todo mi amor”, suma a la artista japonesa Hitomitoi, con quien coincidió durante su gira por Japón este año, y cruza el city pop japonés de los 80 con el pop mexicano de los 2000 y el indie rock británico de los 2010.
Para 2027 prepara una gira por México y Japón, con una presentación confirmada en el festival New Colossus de Nueva York.
En una entrevista exclusiva días antes del lanzamiento, hablamos con él sobre el origen de su nombre, lo que le dejó la arquitectura, su historia con Japón y el momento en que está hoy.

Para quien te descubre con el lanzamiento de este álbum, ¿quién es Joan Page?
Joan Page es un lado de mí. Yo siempre pienso en la vida como en encuadres, y Joan Page es más o menos como yo encuadraría mi persona para los demás. El cine y muchas de esas cosas permean mi vida, entonces para mí Joan Page era este personaje que es como las mejores y peores partes de mí encapsuladas en un solo paquete de traje.
Tu nombre real es Juan Pablo Guerrero. ¿Cómo surge Joan Page?
Nunca he sido muy fan de mi nombre real. De hecho, el proyecto que tenía antes era parte de ese nombre. Pero Joan Page sí siento que es este personaje mío. Mucha gente me dice JP, siempre acaban todos diciéndome JP por alguna razón, entonces quería algo que tuviera las mismas iniciales. Y partí un poco de este concepto amorfo y asexual: Joan en inglés lo tienen muchas veces mujeres, y mujeres muy cool, con mucho estilo y fuertes, ¿no? Como Joan Jett, Joan Baez, Joan Didion. Y Page, la verdad, lo agarré por Elliot Page; me gustaba mucho ese apellido. Entonces uní esos dos nombres. Yo tengo el cabello largo, de repente soy un poquito amorfo en ese sentido, y quería que ese nombre también tuviera esa connotación de la fuerza femenina que yo tengo desde siempre. Era este personaje que encapsula lo que quiero ser y cómo quiero ser percibido.
“Nunca he sido muy fan de mi nombre real. Pero Joan Page sí siento que es este personaje mío. Mucha gente me dice JP, siempre acaban todos diciéndome JP por alguna razón, entonces quería algo que tuviera las mismas iniciales”.
Tu disco tiene un manifiesto: el optimismo de saber que muchas cosas están mal y decidir seguir igual. ¿Cuándo tuviste que tomar esa decisión?
La verdad es que creo que toda mi vida. Es algo que no había logrado verbalizar hasta hace poco, pero ahora que lo pienso ha sido constante: seguir adelante, confiar en lo que estoy haciendo. Y no quiero llamarlo fe, porque no es fe. No es poner esta idea en algo más y creer que eso va a hacer que todo esté bien. Es una creencia en uno mismo, en tus capacidades, en tus gustos. Como de “yo sé que si hago lo que estoy haciendo y sigo, voy a estar bien y lo voy a lograr, porque va a ser por mi mano”. Y creo que mi familia es así. Pensando en el concepto de este disco me di cuenta de que esas son mentalidades que heredé de mi familia: todos somos echados para adelante, de “lo vamos a resolver, como sea que se tenga que resolver, y todo va a estar bien”. Eso permea todos los aspectos de mi vida, los conceptos de la música y mi mentalidad.
“No hay algo en este proyecto que me pase sin justificación. ¿Por qué usas trajes? Ninguna respuesta puede ser ‘me gusta’. Puede tener algo que ver con eso, pero al final del día nunca es suficiente. Eso me gusta mucho de la arquitectura: todo tiene una razón de ser y una lógica alrededor de un concepto. Eso es lo que me quedé de esa carrera y lo uso a diario para todo”.
Te recibiste de arquitecto en la pandemia. ¿Cómo te sirve esa carrera para construir esta otra?
Yo nunca quise estudiar música. Nunca en la vida. Hablaba con gente de conservatorio, de Berklee, y me hablaban de música y yo decía: “Eso no es la música para mí. Qué padre, pero no”. Entonces estudié arquitectura y me gustó mucho. No me arrepiento para nada, porque me sirvió mucho. Te enseñan una manera de pensar y de organizar tu cabeza alrededor de proyectos que se tienen que ejecutar y que tienen que ver con cosas técnicas y creativas. Y te enseña a justificarte todo. Eso a mí me fascina. No hay algo en este proyecto que me pase sin justificación. Siempre tengo que tener una respuesta para cualquier pregunta que me hagan al respecto. ¿Por qué usas trajes? Ninguna respuesta puede ser “me gusta”. Puede tener algo que ver con eso, pero al final del día nunca es suficiente. Eso me gusta mucho de la arquitectura: todo tiene una razón de ser y una lógica alrededor de un concepto. Eso es lo que me quedé de esa carrera y lo uso a diario para todo.

Si la música que se estudia en el conservatorio no era la música para ti… Entonces, ¿qué es la música para ti?
Creo que cada quien tiene su respuesta. Si no hubiera hecho música, habría hecho otra cosa similar. Para mí siempre fue este vehículo para contar un mensaje de manera compacta. Y está rodeado por todos estos otros elementos que también me interesan mucho: los videos musicales, la foto de portada, el mensaje detrás de todo. Era esta manera de empaquetar algo que nadie me preguntó, ponerlo en la mesa y decir: “Mira, esto es lo que siento. Así suena y así se ve”. Eso es lo que buscaba y lo que busco todavía hoy, este universo alrededor de crear. Porque tocar cualquiera puede, ¿no? Hay mucha gente que toca padre y toca muy bien, pero para mí era esta narrativa más allá de todo eso: por qué se paró así en el escenario, por qué la melodía es de esta forma, por qué guitarras y no piano. Ahí entra también lo de arquitectura: tengo respuestas para todas estas cosas, ya sea por mis limitaciones, por no tener un estudio enorme o porque solo tengo un celular y con eso grabo. Pero al final forma parte del concepto de Joan Page: esta persona en su casa haciendo música y grabándose, esta soledad, la autocreación de este mito.
Hablemos de los trajes. ¿Hace cuánto te vistes de traje, cuántos tienes y dónde los compras?
Llevo usando trajes como seis años, pero si me hubiera salido con la mía los usaría desde hace 15 o 20. Hay algo en los trajes que me gustaba mucho estéticamente, en especial trabajando en un medio tan informal como es el arte. Crecí viendo muchas películas viejas como Casablanca, hombres vestidos de traje todo el tiempo, de zapato. Y luego, entrando a arquitectura, veía las fotos de los arquitectos en sus estudios, todos de traje con corbata. Y decía: “Mira, eso es lo que yo quiero ser”. Que vean una foto mía y digan: “Ah, sí, en 2026 Joan Page hizo esto”. Ya estoy vestido bien, ¿no?
¿Cuántos tengo? Van rotando, porque me los acabo, porque los uso a diario. Mi secreto para estas formalidades es no tener otro tipo de ropa. Así no tienes opción. Ahorita tengo como cinco o seis trajes. Casi todo es de segunda mano, la verdad, de bazares, de tiendas. De repente sí compro uno muy específico, como uno negro bien hecho, nuevecito, para poder usarlo mucho. En Japón me compré dos que me gustan mucho. A mí lo que me importa son los cortes, las formas. Es ir a rascarle y encontrar estas formas que ya no se hacen, que son muy bellas y que duran. Es parte de crear esta silueta de Joan Page: el traje, la gabardina, la corbata, qué tipo de corbata es, si es grande, si es corta. Eso también me provoca mucha obsesión. Justamente pensando en esto de yo encuadrado en una foto: ¿cómo se ve?
“Cantaba todo en español, para cuartos llenos de japoneses que no entendían nada de lo que decía, y al final me aplaudían.”
¿Y cómo terminas en Japón?
Japón y yo tenemos una historia medio larga. Creo que es algo cultural muy interesante entre México y Japón. Como en México hacemos muchos de los doblajes para Latinoamérica, en la tele mexicana siempre hubo animes: Dragon Ball Z, Sakura Card Captor, Pokémon. Siento que no hay un mexicano que no sienta una afinidad por Japón de cierta forma. Y hace unos años descubrí el city pop japonés en YouTube. Ponía estas playlists mientras trabajaba en mis entregas de arquitectura y empezó a sonar esta música japonesa que sonaba como Luis Miguel cuando era joven, como la música que escuchaba de niño en el coche de mi papá, pero al mismo tiempo tan diferente, con este idioma y estas melodías tan pegajosas que, aunque no las entendiera, se me quedaban atoradas. La empecé a escuchar y a analizar, y era como: “Ah, el idioma japonés permite que ellos piensen en melodías que a nosotros, hispanos o que hablamos inglés, nunca se nos ocurrirían por cómo está conformado el idioma”. Y dije: “Quiero hacer algo que se sienta igual”.
Tuve un proyecto que estaba muy implicado en eso, y con ese proyecto llegamos a sonar en la radio en Tokio. Nos enteramos por Twitter, porque nadie nos avisaba. Estábamos en el número 90 y tantos de 100. Y yo dije: “¿Qué?”. Fue un sueño mío lograr eso que esa cultura creó en mí, sin haberme propuesto ir a tocar allá. Eso sucedió sin querer. Lo que me importaba era poder crear esa emoción. Y en este proyecto logré ir a un festival que se llama Music Bridge Tokyo, y alrededor de eso empezaron a salir más fechas. Toqué en cuatro ciudades, cinco shows. Una artista con la que había colaborado en mi banda pasada fue al show y cantamos la canción que habíamos escrito juntos. Fue como el cierre, pero al mismo tiempo el principio de algo más. Y cantaba todo en español. No canté nada en inglés ni en japonés. Cantaba todo en español, para cuartos llenos de japoneses que no entendían nada de lo que decía, y al final me aplaudían y me decían: “Mira, yo escuché esto”. Y yo decía: “Eso es exactamente lo que estoy diciendo”. Eso me gustó mucho.

Optimismo confundido es tu primer álbum. ¿Cuál es el concepto y qué te pasa a nivel emocional con este lanzamiento?
Es algo muy loco. Llevo haciendo música muchos años, pero este es el primer disco que hago sobre mi mentalidad únicamente: lo que quiero decir, lo que pienso y cómo quiero que suene. Entonces es un momento muy especial. Creo que cuando más me tengo que emocionar, más me deprimo. Eso es lo malo de mí. Pero estoy muy emocionado. Hay días en los que lo escucho y digo: “Bien, ahí está, lo logré. Ahí está lo que quiero decir”. Es justo eso, optimismo confundido.
Este disco lo escribí en los últimos tres años. La primera canción empezó hace tres años y la última la acabé hace cuatro meses. En ese tiempo se acabaron proyectos anteriores y el mundo también cambió. El mundo que nos prometieron a mi generación y a las que vienen detrás ya no existe. Lidiar con eso ha sido complicado. Y justo me interesa eso: ¿por qué seguir avanzando? ¿Por qué seguir creando? Si ya existe Suno, ¿para qué hacer música? Si ya no hay tanta interacción entre humanos como antes, si está Hinge o Bumble, ¿por qué seguir amando? Me cuestiono esas cosas todo el tiempo. Y en este disco hago cierre de muchas cosas de mi vida. Como: “Aunque eso no resultó, lo voy a seguir haciendo”. “Aunque me duele amar, lo vuelvo a intentar”.
Lo hice con mi hermano, que vive en Suecia, todo a distancia, cada quien en su casa. Fue diferente al último disco que hice, que fue todo en estudio, contratando gente y gestionando todo ese animal. Esta vez éramos dos personas con mucha confianza, del otro lado del mundo, en diferentes horarios, mandándonos correos: “Mira, esto hice”. “Ah, qué padre”. “Oye, esto no está tan padre”. Es otro tipo de gestión, igual complicada, pero interesante. Y que al final este disco no suene hecho en casa me pone muy feliz. Dice exactamente lo que quería decir. Lo pongo aquí enfrente y te digo: este es mi optimismo vestido de traje. No sé cómo va a resultar, pero ahí está y lo voy a lograr.
El disco habla de amar, perderse y levantarse. ¿En cuál de esos tres verbos estás ahora?
Estoy en levantarme. Ya me perdí, y llevo como seis meses levantándome; ahorita ya estoy acabando de levantarme. Pero también siempre supe que me iba a levantar. Creo que con la experiencia y la confianza en uno mismo, de adulto, después de los 25, dices: “Esto no me va a matar”. Y eso es lo peor, ¿no? Porque de adolescente dices: “No me habló la chica, me voy a morir”, “reprobé el examen, se acabó mi vida”. Y a los 25 te das cuenta de que nada te va a matar y todo lo tienes que atravesar. Eso hasta se vuelve peor: no voy a morir, tengo que aguantar y salir del otro lado.
“A los 25 te das cuenta de que nada te va a matar y todo lo tienes que atravesar.”

¿Llegaste a trabajar de arquitecto?
Sí he trabajado. Estuve en despachos haciendo mi servicio social y en algunos otros proyectos. Pero afortunadamente, mientras hacía la tesis, el proyecto anterior que tenía empezó a funcionar, y acabé la tesis y entré directo al estudio a terminar el disco. Sí me queda esa espina. Diseñé un café que al final no se construyó porque no se soltó la lana. Se cayó el dinero de ese proyecto, pero fue padre regresar a ese mundo. Y es algo que uso constantemente. La merch también la diseño yo. Los stage plots de los shows los hago en AutoCAD. Lo que le da risa a mi hermano es que siempre llego a todas las juntas con presentaciones de Keynote: “Este es el disco”. “Esta es la merch”. Espero algún día retomarlo. Pero la verdad es que estoy viviendo mi sueño. Es lo que quise siempre desde el inicio. Así que, problemas buenos.
Y ya que estás en tu sueño, ¿a dónde te gustaría que te lleve este disco?
A la cima. A darle la mano a Dua Lipa… [risas]. No, la verdad es que intento no pensar tanto en eso, pero sí tengo ambiciones grandes. Estoy muy consciente de que es el primer paso hacia mucho de lo que quiero, y creo que es un paso bueno y contundente. No te voy a mentir: tengo ambiciones de estadios, de mucha gente, de proyectos cada vez más grandes. Lo que me falta ahorita es presupuesto, tiempo y gente. Me encantaría tener todo eso para poder reventar todo lo que quiero hacer. Esa es mi más grande misión.
Yo soy optimista. Aunque esté confundido, estoy optimista.